Se quiere, se mata
Dernière mise à jour : 6 sept.
- I can’t see anything that I don’t like about you
- But you will! You will think of things, and I’ll get bored of you and feel trapped because that’s what happens with me.
Jim Carrey y Kate Winslet en “Eternal sunshine of the spotless mind”.

Fui yo, Diego, el que le tomó esa foto a Marina. Fue en el viaje que hicimos a la Patagonia cuando cumplimos un año de casados. La tomé y la guardé para mí. No la puse en el álbum de ese viaje ni en ningún otro, la tenía entre mis cosas, entre las páginas de uno de mis libros. Estuvo allí más de veinte años.
Marina tenía el bikini puesto debajo de un vestidito de algodón con flores, nos habíamos alejado del grupo del tour, de la gente en las sombrillas, de los quioscos en la arena. Trepamos por unas peñas, pasamos a otra playa, a una caleta y dejamos de escuchar las voces, los gritos de los niños en el mar, la música. Caminamos un rato en solitario y nos sentamos en la arena, abrí la lata de Quilmes, Marina sacó los sándwiches y el táper con la sandía cortada. Pero no comimos nada de eso. La guía del tour se molestó con nosotros —armó un quilombo, dicen en Argentina— porque llegamos diez minutos tarde al bus turístico. Hacer el amor en Península Valdés, ese podría ser el título del cuento que algún día yo escribiría, para el que tomaba notas en papeles sueltos, en una libretita de espiral. Sí, hacer el amor en Península Valdés, en lugar de ver las ballenas australes, los lobos de mar, los pingüinos de Magallanes que, se suponía, habíamos ido a ver, para lo que nos habíamos inscrito en un tour guiado. ¿Pero a quién le importan unas jodidas orcas o la flora patagónica cuando tienes veintitantos años, estás en una playa desierta en el fin del mundo, hay un sol del carajo y tienes unas caderas calientes a la mano, unas tetas bien paradas que te miran, que te exigen atención?
Había algo… hay algo, mejor dicho, incrustado en la parte más oscura de mi cerebro con ese bikini de Marina. Yo mismo fui con ella a comprarlo, yo mismo lo escogí y fui el primero que se lo vio puesto en ese probador del SAGA que recién había abierto en San Isidro. Yo le pedía que se lo pusiera, invierno y verano, en nuestro departamentito de recién casados de Lima. Azul con estrellitas doradas, tiritas en la parte de abajo y en la parte de arriba también. Desamarrar esas tiritas, liberar las tetas, levantar un poco la parte de abajo, exponer las nalgas, hacer espacio, ingresar por allí. Solo unas cuantas focas y una gaviotas patagónicas atestiguaron el acto. Acto que repetimos esa misma noche, cuando regresamos a nuestro hotel en Puerto Madryn.
¿Por qué escogimos Argentina para celebrar nuestro primer año de casados? Mirar ballenas, caminar por la Patagonia, visitar el Perito Moreno antes que desapareciera. «Algo diferente, Marina, por favor». En esa época Marina me seguía en mis cosas, estaba siempre de acuerdo conmigo. «Diego no quiere ir a Miami, y odia la Riviera Maya; nunca ha estado allí, pero dice que no va ni muerto», les explicó a sus amigas por teléfono.
En la foto, Marina está parada en la orilla, aún hay gotas de mar en su piel, sus pelos están húmedos, el agua le llega a los tobillos, el ancho Atlántico a sus espaldas. No mira la cámara, mira hacia abajo, como buscando algo en la arena, entre la espuma de las olas. La cicatriz, en diagonal a su boca, es solo perceptible para quienes saben que la tiene. Un pibón en la Patagonia, ese sería el título de la versión argentina del cuento. Marina ya no tiene el vestidito de algodón puesto: una forma violenta, sin control, se lo ha arrancado del cuerpo unos minutos antes y lo ha arrojado a algún lugar de la pampa argentina. Ese bikini ya no existe, hace un montón de años que desapareció de nuestras vidas, Marina le dio de baja, o se desintegró por el uso constante durante los primeros años de nuestro matrimonio. Pero yo conservé la foto. Era mi foto, la tomé para mí. Solo para mí. ¿Por qué Marina tuvo que darle precisamente esa foto?
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Cuando salimos del aeropuerto de Malpensa, posteé nuestra ruta en Facebook, nuestro travel status. Yo sé, Diego, que eso a ti parece una estupidez, una cursilería, pero a mí me gusta el mapita con las líneas punteadas entre dos lugares: de Lima a Milán esta vez. También subí la foto del panel verde con letras blancas —Bologna arriba, Firenze justo abajo— que tomé a la entrada de la autopista, y escribí: “La Toscana es el jardín de Italia. Italia es el jardín de Europa”. Leí la frase en una revista del avión. ¿Cursi? Sí, puede ser, pero hace tiempo que decidí no dejarme influenciar por ti, Diego, por tus ideas, tus complejos, tus prejuicios. No mencioné nada de nuestro aniversario. Todo el mundo celebra las Bodas de Plata, pero nadie sabe que los veintitrés años se llaman Bodas de Agua. Yo tampoco lo sabía, la verdad, lo encontré en Google. ¿Lo sabias tú, Diego? No, claro que no, a ti nunca te han importado esas cosas, y a mí cada vez me importan menos, la verdad. Además, que por estas fechas cumplamos veintitrés años de casados es pura coincidencia: no es por eso que estamos haciendo este viaje. La verdadera razón no es publicable en Facebook. Y, aunque lo fuera, tampoco la mencionaría: a ti no te gusta que cuelgue cosas tuyas en mis redes sociales. En mis “enredes” sociales, dices.
La verdad es que te has quedado en otra época con tus ideas, Diego. Tu blog es una broma. «Si tengo que pagar para que publiquen mis textos, Marina, mejor los pongo yo mismo en Amazon o los cuelgo gratis en un blog», me dijiste cuando te hartaste de que las editoriales ignoraran olímpicamente tus cuentos, te mandaran al desvío con tus manuscritos, te pidieran plata para editar tu novela. “Si te crees capaz de vivir sin escribir, no escribas”, así se llama tu blog. No es tuya la frase, la leíste en alguna parte, la anotaste en una de tus libretitas de espiral, en una de esas de las que no te separas ni cuando entras a la ducha. Suena muy literario ese nombre, lo reconozco, muy de vocación, de compromiso, muy de como a ti te gusta que la gente te vea, Diego, pero muy malo para un blog. Te lo dije. Aparte de tus amigos y de tu familita, nadie lee tu blog; no tienes seguidores. ¿Cómo vas a tener seguidores, Diego, cómo vas a convertirte en un escritor conocido si solo publicas algo tres o cuatro veces al año? «En un blog tienes que poner cosas todos los días, comentarios, fotos, videos. No importa qué, Diego, lo importante es tener presencia en redes, desarrollar la marca Diego-Escritor», te lo expliqué varias veces, te ofrecí mi ayuda. Tú sabes que yo sé de lo que hablo, que conozco del tema, que mi trabajo es diseñar estrategias de posicionamiento de marcas, que hago eso todos los días en la agencia de publicidad donde trabajo. Pero no me hiciste caso. Tu color predominante es el azul: los azules no escuchan a nadie. No quisiste hacer el test, claro que no, desprecias todo lo que huela a autoayuda, pero estoy segura de eso: tienes todas las manías de los azules. Las personas de color azul son metódicas, introvertidas, valoran su independencia, no se sienten cómodas expresando sus sentimientos públicamente. Nos lo explicaron durante la capacitación donde fuimos todos los de la agencia… Nos lo explicó él, mejor dicho.
La capacitación fue en la sala de convenciones del Marriot de Miraflores. Pasamos un día entero allí. En su momento te lo conté, lo conversamos. «Interesante», dijiste, pero no te dignaste a mirar el cuadernillo con las preguntas que te había traído. Allí estaban explicadas las características de cada color, de cada tipo de personalidad. ¿Te acuerdas, acaso, que mi color predominante es el amarillo? Los amarillos son los más sociales, tienen facilidad para moverse en ambientes concurridos, mostrarse positivos y sentirse cómodos entre personas que no conocen. Son entusiastas, buenos comunicadores y creativos.
Sí, fue allí, en esa capacitación, donde lo conocí. Es instructor, conoce muy bien la metodología del MBTI. Tú te lo buscaste, Diego; te lo advertí varias veces.
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A Marina la conocí en una fiesta de toque-a-toque en el Amadeus. Ser portero de discoteca en Perú es un trabajo bien jodido: chambean los fines de semana, y por las noches; lidian con borrachos malcriados; tienen que controlar que no entren más patas que mujeres; la paga es una mierda y el jefe los putea si se les pasa un impresentable en polo o zapatillas. «Hay que mantener un nivel mínimo de buena presencia en el local, carajo», les grita. Por eso, a veces, los porteros de discoteca están molestos y, solo por joder, por venganza, por puro resentimiento, no te dejan entrar, te mandan al carajo y te friegan la noche. “Fiesta privada —dicen—, circula, flaco, circula”. El Animal conocía al portero del Amadeus, era su choche, lo saludaba con la mano, le dejaba un par de fallos cada vez que íbamos. Por eso decidimos ir allí esa noche, en lugar del Grill del Costa Verde, que nos quedaba más cerca de donde estábamos. A veces, un portero de discoteca, un par de cigarritos pueden decidir cómo será el resto de tu vida, con quién la vas a compartir… con quién la vas a sufrir.
Fujimori era el emperador del Perú, entonces, Vladi veraneaba con la Beltrán en su “hatito” de playa Arica y Laura Bozzo era la reina del mediodía. El triunvirato peruano de los noventa decidía a qué hora empezaba el toque de queda en Lima: en qué momento tenías que, sí o sí, guardarte en tu casa… o en una discoteca. El Amadeus estaba en Monterrico, al costado de un museo, tenía dos pistas de baile; la segunda pista era un restaurante, la abrían cuando la gente terminaba de comer. Sacaban las mesas, las sillas, ponían a un par de mozos en la barra y subían el volumen de la música: Los Nosequién y los Nosecuántos, Arena Hash, Juan Luis Guerra, Emmanuel.
Las chicas iban al Amadeus con los shorcitos de las dalinas de Nube-Luz; los patitas con los dos primeros botones de la camisa de seda abiertos, bien a la Glostora, al gimnasio de San Isidro. Si tú eras miembro de la gentita limeña, si eras alguien importante o aspirabas a ser algo en la vida, tenías que ir, sí o sí, al Amadeus.
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Una villa toscana con piscina, colinas de cipreses, viñedos, Chianti, pasta fresca, aceite de oliva y un Fiat 500 en la puerta. Tantos años hablando de esto, Diego, de este viaje varias veces postergado, casi cancelado. Fui yo la que insistió, la que presionó para que viniéramos, la que gritó: «Me niego a mandar veintitantos años de matrimonio por la borda, Diego». Sí, yo sé, lo anotaste en una de tus libretitas: En su libro ‘Cartas a un joven novelista’, Mario Vargas Llosa postula que en la creación literaria hay que huir de los lugares comunes, de las frases hechas, puntos muertos de la creatividad, reflejos de la mediocridad. Decir “mandar todo por la borda” es una frase hecha. Sí, pero ¿a mí qué me importa lo que decía ese señor? ¿Acaso no fue él el que se enrolló con la mujer de Julio Iglesias, con la “reina del papel cuché”? ¿De qué hablaba, entonces?
Ayer hicimos el tour en Vespa por la campiña toscana. Fui yo la que organicé todo desde Lima. Si por ti fuera, te pasarías las vacaciones debajo de un ciprés, anotando las frasecitas, las reflexiones que te llevarán a la posteridad y leyendo todos los libros que te has traído de Lima en la maleta. Yo sé que te molesta la gente, la bulla; que el calor te pone de mal humor, pero no protestaste esta vez, no dijiste: “Ridiculeces, Marina”; tampoco: “Te están manipulando, mujer”. Me miraste cuando te dieron el casco y la llave de tu Vespa, pero esta vez no había cólera ni reproche ni desprecio en tu cara. Todas esas cosas las dejamos en Lima; ese fue el acuerdo, no explícito, no conversado, pero sobreentendido. Sé que estás tratando, Diego. Te vi sonreír, conversar, preguntar, anotar cosas. Por un momento te vi como te veía hace veinte años. Finalmente, no fue tan mala idea lo de la Vespa, ¿no?
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El Delirium estaba en una calle peatonal, transversal a la plaza de Armas de Barranco. Allí los cueritos subían a bailar en las mesas cuando estaban empilados, cuando ponían YMCA de los Village People. No sé si existe todavía: hace mucho tiempo que no voy por allí. Lo bueno del Delirium era que podías dejar tu tella de whisky allí: la gente de la barra, con un plumón negro que tenían en la caja, hacía una línea a la altura de lo que quedaba, ponía tu nombre y la metía en la vitrina, te la guardaba para la siguiente vez, para el siguiente fin de semana. El Animal y yo agarramos el zanjón, subimos por Primavera y de allí, forradazos, sin escalas, fuimos hasta Monterrico. Un sprint entre su Hyundai Excel y mi Golf con vidrios polarizados. Había que llegar antes de las once de la noche. El comienzo del toque de queda nos agarró en la cola de entrada del Amadeus. Rapidito, compadrito, que llegan los milicos, la gente de Sendero, la de Polay.
Al Animal lo conocí en el trabajo, teníamos el mismo jefe, nos veíamos todos los días. Mi primer trabajo, mi primera chamba, después de acabar la universidad fue en Financiera Andrómeda. Financiera Andrómeda daba crédito para comprar electrodomésticos a plazos. Las oficinas estaban en una de las torres del centro comercial Camino Real, en San Isidro. «Nuestro segmento de mercado, nuestro segmento objetivo, es la gente que no puede pagar una licuadora al contado, la que no tiene acceso a la banca tradicional, a la que le niegan una tarjeta de crédito», nos decía Rafael en las reuniones de trabajo. Rafael era el Gerente General de Andrómeda. En la campaña del Día de la Madre y en la de Navidad era cuando más préstamos otorgábamos en todo el año. El portero del Amadeus, por ejemplo, era parte de nuestro segmento objetivo, lo teníamos en nuestra base de datos. El hombre se podía llevar una refrigeradora para su viejita, un Sony de catorce pulgadas para ver el Mundial o una licuadora para su flaca. Todo eso a sola firma y en “solo dieciocho cómodas” cuotas mensuales. Les metíamos la yuca con los intereses a nuestros clientes, los clavábamos, los manipulábamos con nuestras cartitas de crédito preaprobado, con nuestros catálogos de productos en papel cuché. Los modelitos que salían en el catálogo de productos de Andrómeda eran miembros de la gentita limeña, la misma gentita que iba a bailar al Amadeus.
«Tienes que ser más assertive, patita», me decía Peter cuando salíamos de las reuniones de trabajo. Peter era mi jefe, había hecho un MBA en Filadelfia y le gustaba usar palabritas en inglés. «Tenemos que trabajar en tu self-esteem, patita, mejorar tu autoestima; desahuevarte un poco, Diego», me dijo y me inscribió en un seminario de comunicación asertiva. El seminario duró un día entero, hubo ejercicios, juegos de roles; la instructora nos explicó algunas técnicas: «Respirar profundamente tres veces ayuda a reducir la sensación de estrés o ansiedad y mejora tu concentración», dijo. Ya, muchas gracias a la señora instructora, pero lo que a mí de verdad me volvía asertivo, directo, lo que me daba una seguridad del carajo no eran los tips de su seminario, sino el whisky del Delirium: tres o cuatro vasos de Johny Walker con hielo me transformaban en un sujeto original, impredecible, atractivo; en alguien que creía firmemente en sí mismo.
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Hoy día fuimos a visitar Siena; no hablamos mucho en el Fiat 500; no era el momento… aún no. “En Siena todo es ladrillo. El duomo es majestuoso y tienen los mejores helados de toda la Toscana”, escribí en mi Facebook y colgué un par de las fotos que me tomaste en la plaza; también un video de las colas de turistas delante de la heladería y de las tienditas donde vendían limoncello, aceite de oliva, mantelitos. No entré a ninguna: yo también estoy tratando, Diego. Tampoco te pedí abrir el sun-roof del Fiat 500 y te busqué un parqueo tranquilo, con sombra; recontra alejado del centro de la ciudad, pero sin estrés, sin gente. Quizá me sienta culpable yo también.
Te gustó San Geminiano; a mí también. Tuvimos suerte de encontrar ese restaurante, esa vista a la campiña, a las murallas de la ciudad. Pedimos mozzarella y bistec a la florentina. El vino blanco me relajó, la cerveza te puso de buen humor. «La vista es magnífica», comentaste un par de veces y yo no dije nada, pero no pude evitar pensar en una de tus anotaciones. Cuando, a los dieciocho años, Hemingway llegó a la redacción del Kansas City Star, leyó el libro de estilo: “Usa frases cortas. Elimina cada palabra que sea superflua. Evita el uso de adjetivos, especialmente aquellos que parezcan extravagantes, como espléndido, grandioso y magnífico”. Sí, Diego, yo he leído tus libretitas, tus apuntes, tus notitas. ¿No está bien eso? Lo que no está bien, lo que es enfermizo, es lo que hay en tu cabeza, las cosas que haces, lo que piensas… lo que escribes.
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El código técnico de construcción peruano limita el aforo en discotecas a dos personas por metro cuadrado. Vi a Marina en el medio metro cuadrado del Amadeus que le correspondía. Vi su faldita de blue jean, sus botas de militar, su cicatriz en diagonal a la boca, su ombligo… los bultitos debajo de su top. Respiré profundamente tres veces el dióxido de carbono exhalado por esos doscientos organismos confinados entre las once de la noche y las cinco de la mañana en la segunda sala del Amadeus, y me mandé con todo, me lancé a la piscina: «Yo sé que a ti te gusta el daiquiri de fresa», le dije y con un gesto firme, ligeramente autoritario, asertivo, deposité la copa en los veinticinco centímetros cuadrados de barra que le tocaban. A todo el mundo le gusta el daiquiri, eso es un hecho —a fact, diría Peter—. Ernest Hemingway fue un cliente regular del Floridita por más de veinte años. El Floridita es un bar en la Habana, su cocktail más conocido es el daiquiri. «Yo solo tomo vino blanco», dijo Marina. Aja. Peter también decía shit happens cuando algo no salía bien, cuando las cosas no iban de acuerdo con lo planeado. Sí, Peter, efectivamente, shit does happen sometimes. Eso de las capacidades adquiridas es una falacia, señora instructora, un fraude de la literatura profesional. It’s a fact: las capacidades verdaderas son las innatas, las que uno trae inscritas en la cabeza cuando lo desembarcan en este planeta; lo demás son estupideces.
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El segmento objetivo de Financiera Andrómeda, ese al que ustedes le sacaban la mugre con las cuotas mensuales, ese de los porteros, de las secres, de los enfermeros dejó de pagar sus cuotas mensuales y tus compañeritos de Cobranza Coactiva no pudieron recuperar las refrigeradoras, las licuadoras, los televisores. La empresa entró en liquidación y te quedaste sin chamba, Diego; todos se quedaron sin chamba. Eso fue, más o menos, cuando Fujimori mandó su fax de renuncia desde Japón, cuando Magaly Medina se fue a Miami a arreglarse los dientes y cuando al cholo Toledo le apareció una hija en Piura. Y cuando yo di a luz a Álvarito. Y fue también en esa época, cuando íbamos por nuestro segundo año de matrimonio, o quizá era el tercero —nuestras Bodas de Cuero, se dice—, cuando todo comenzó a torcerse entre nosotros, cuando la frescura, la inocencia, la complicidad que teníamos se fueron gradualmente al vacío y cuando se acabaron tus escenitas de celos, tus cuadros de inseguridad. Y también cuando dejaste de mirarme, de cuidarme… de tocarme. ¿Por qué pasó eso, Diego? En su libro ‘El amor dura tres años’, el escritor francés Frédéric Beigbeder dice que después de tres años, en las relaciones de pareja se imponen el tedio y la monotonía. Anotaste esto en uno de tus malditos papelitos, lo resaltaste.
No sé si una cosa tiene que ver con la otra, pero también fue en esa época cuando se te metió en la cabeza lo de la escritura, cuando te obsesionaste aún más con los libros, cuando toda tu vida —nuestra vida, mejor dicho— comenzó a dar vueltas alrededor de eso. Encontraste trabajo en una empresita de exportación de frutas. Te dije que eso era mostrar pocas ambiciones, que te estabas poniendo las metas muy bajas, que ese puesto no te convenía, ni a ti ni a nuestra familia. Me dijiste que era una puerta de entrada, un paso intermedio, una plataforma para algo mejor. Eso de la “plataforma” no era verdad, Diego, tú lo sabías muy bien. Durante el día, Franz Kafka realizaba informes para una compañía de seguros, donde, si bien no recibía un buen salario, tenía un horario que le permitía concentrarse en lo que realmente le apetecía: escribir.
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«¿Y a ti por qué te dicen Autista?», me preguntó Marina mientras bailábamos en la segunda sala del Amadeus. Marina es asertiva de nacimiento. Todos los días, a la hora del refrigerio, yo iba a almorzar al restaurante Cherry que estaba en Dos de Mayo. Iba solo, pedía el menú del día, leía libros mientras comía, tomaba notas. Me organizaba para ir un poco tarde, para llegar cuando todo el mundo volvía al trabajo. Miraba antes de entrar: si veía a alguien conocido que pusiera en riesgo la lectura, seguía de largo hasta el Tip-Top. En el Tip-Top podías comer salchipapas con milkshake de fresas, sin bajar del carro. El mozo te traía la comida en un azafate de aluminio con patitas, lo enganchaba en el vidrio de la ventana. En Andrómeda dejaron de avisarme cuando salían a almorzar en grupo. Por eso el Animal me decía Autista; por eso todos en la empresa me decían Autista. El daiquiri de fresa del autista o Un autista en el Amadeus. Uno de esos dos podría ser el título del cuento, de la novela que algún día yo escribiría.
El Pinky’s estaba en la avenida Aviación, al frente de una de las columnas del tren eléctrico que Alan había mandado construir. En las noches de toque de queda, el Pinky’s cerraba a las once de la noche y abría a las cinco de la mañana. En el Pinky’s te servían el caldo de pollo en un plato hondo, la pechuga, las papas y los fideos en otro. En cada mesa había un platito con rodajas de limón y ají cortado. También vendían cerveza helada: la sacabas directamente del refrigerador. «Me gusta esa flaca, Animal; se llama Marina. Se parece harto a Shakira, ¿no?», le dije a mi pata mientras comíamos. «¿A Shakira dices?, no jodas hombre; a quien se parece es al Che Guevara; a la hermana del Che Guevara, mejor dicho», respondió el Animal con la boca llena de pollo, de papa sancochada, de fideos cabello de ángel. «Qué risa tan fea tienes, Animal, por mi madre que sí».
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Al taller de narrativa te inscribiste cuando Alvarito aún no había cumplido los seis meses y yo recién retomaba mi trabajo en la agencia de publicidad. No era el mejor momento para eso, ¿no, Diego? Te ibas una o dos noches por semana. Lo dictaba un escritor, un pedante con raya al medio que tenía un programa en TV Perú donde comentaba libros y entrevistaba a gente del “ámbito cultural”. No tenía mucha audiencia su programa, no tenía muchos seguidores, se diría ahora. Encargaste sus libros en una librería, una chiquita que había en Porta, en el centro de Miraflores, te habías hecho amigo del dueño —un viejito con el que conversabas horas—. Los leíste, dijiste que eran mediocres. Vera ars velat artem: el arte verdadero oculta el artificio, apuntaste. Pero seguiste yendo al taller; guardabas todas las separatas que te dio el sujeto: tipos de narrador, el tiempo narrativo, el punto de vista, el tono, el estilo, la construcción de los personajes. Nuestros amigos preguntaban. «Un escritor no escoge la historia, la historia lo escoge a él», explicabas. «La inspiración tiene que agarrarte escribiendo», decías. «La escritura es un músculo que hay que ejercitar todos los días», repetías. De eso sí te gustaba hablar. Te alucinaste elegido, Diego, señalado, ungido. Comenzaste a levantarte temprano, a acostarte tarde, a escribir cuando Alvarito y yo dormíamos. “Disciplina”, decías. Sí, reconozco que tienes disciplina. Talento no sé, no soy especialista en literatura, pero disciplina sí. Disciplina y egoísmo, eso también. Escribes todos los días, a puerta cerrada, con tu música, tu Tchaikovsky, tus Fabulosos Cadillacs, tu rock clásico.
Antes —los sábados, los domingos—, yo te pedía que te quedaras un poco en la cama, que escribieras más tarde, que te relajaras… que nos relajáramos juntos, quiero decir. Pero rara vez me hacías caso o cada vez me hacías menos caso, mejor dicho. Comencé a hartarme de tus explicaciones, de tus excusas, de tu estupidez esa del músculo.
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Marina vivía frente a un parquecito con monumento en la urbanización La Aurora, en Miraflores, a unas cuantas cuadras del Wong de Benavides. De allí la recogí en la mañana del sábado siguiente al que la conocí en el Amadeus para ir a la playa. El Animal y Rochi fueron con nosotros. Cuando salíamos de juerga, el Animal siempre llevaba una chata de metal en el bolsillo, la recargaba en el bar de su viejo antes de salir y le echaba chorritos de pisco a los vasos de cerveza. Si no había pisco, metía whisky, o ron, o vodka; lo que encontrara. Por eso le decíamos Animal: Filip el Animal de Andrómeda. Rochi era la secretaria del Gerente Financiero de la empresa y una de las cosas que más le gustaba en la vida era el pisco sour Catedral del bar del hotel El Golf de San Isidro. El Animal quería con Rochi, pero Rochi no quería con él, Rochi quería con Alejo. El Animal era el encargado de la base de datos, un simple manejador de la información de los clientes de Financiera Andrómeda. Alejo era el gerente de ventas; tenía dos hijitos, una esposa y hartas ganas de enrollarse con Rochi, la chata-power de Andrómeda. Los jueves, Rochi iba en minifalda a la oficina, y los jueves también, después del trabajo, todos íbamos al bar del hotel El Golf. El Animal le pagaba dos o tres pisco sour Catedral a Rochi. Pero quien la llevaba siempre a su casa en su Audi A4 era Alejo. «La chata-power te usa como caja para que le pagues los tragos, no seas idiota, Animal», le decía yo, le decía Peter, le decía todo el mundo.
Agarramos una sombrilla de paja frente al mar, estiramos las toallas sobre la arena y pedimos ceviche mixto, choritos a la chalaca y cerveza; cinco horas de cerveza, choches, por favor. A cambio de las cervezas con pisco que el Animal le pagaba, Rochi le permitía que le pusiera el bloqueador en la espalda y en las nalgas. Sobarle las nalgas a Rochi bien valía la inversión, en eso estamos de acuerdo, Animal. El hilo dental de Rochi o La chata-power en Punta Rocas, esos podrían ser los títulos del cuento que yo tenía que escribir. Marina solo me dio acceso a la parte alta de su espalda, pero había algo en el aire que hacía que yo me sintiera positivo, seguro… asertivo. En el camino de regreso a Lima escuchamos a Maná, a Soda Stereo, a Shakira. En esa época a mí me gustaban la playa y las canciones de Shakira: su Antología, su Se quiere, se mata. Ahora no me gustan ninguna de las dos cosas. No aguanto la arena en el culo, tampoco el sol, y menos aún la estridencia y el culto a la ridiculez que se ha instalado en las playas. Shakira dejó de gustarme cuando se volvió rubia, cuando comenzó a gritar Waka Waka, cuando se convirtió en una mujer despechada. Marina todavía escucha a Shakira, la sigue en Instagram, dice que Piqué es un pendejo y que todos los hombres son iguales. Escribe esas cosas en sus redes, discute virtualmente con gente que nunca ha visto. Cuando Rusia invadió Ucrania, Marina puso la bandera ucraniana como fondo de su foto de perfil. Yo no tengo Instagram, Facebook tampoco. Yo solo tengo un blog donde comparto los cuentos que escribo.
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“Lo que más me gusta de Amberes es esa armonía perfecta entre antiguo y moderno: los tranvías conviviendo con los carros, las callecitas medievales con las modernas avenidas”, eso escribí en mi Facebook cuando fuimos a Europa a visitar a Filip y a Ana. También colgué fotos de los barcos en el Escalda, de Alvarito comiendo wafles en el zoológico y del túnel peatonal que pasa debajo del río. El trámite le tomó más de dos años, se gastó un cerro de plata en traducciones, en legalizar papeles, certificados, en clases de neerlandés, pero, al final, Filip, el Animal, tu pata del alma, consiguió su pasaporte de la Comunidad Europea y un trabajo en Bélgica. Se fue con Ana y el bebé.
Nunca he entendido cómo dos personajes tan diferentes como Filip y tú, Diego, pueden ser tan amigos: un animal parlante y un autista; un lugar común de noventa kilos y un aspirante a escritor medio mudo. «Vamos a tomar algo entre patas, recordar viejos tiempos», nos dijeron los dos una de las noches que pasamos allá. «¡Diviértanse, chicos!», respondimos nosotras, como dos buenas espositas, sin pensar por un segundo en lo ingenuas que podemos llegar a ser las mujeres.
Todo el mundo sabe que en Ámsterdam hay un barrio rojo. El de Amberes es menos conocido, pero es la misma cosa. Tú lo sabes muy bien, Diego; lo describiste todo al detalle: La parte delantera de cada vitrina tiene entre dos y tres metros cuadrados. La iluminación es blanca, hay espejos de cuerpo entero por los cuatro costados, alfombritas percudidas, un taburete; algunas tienen un sillón. Las chicas alquilan las vitrinas por día, pero por horas también es posible. ¿De dónde esa necesidad, Diego, de registrar todo, hasta el mínimo detalle, incluida la última estupidez que se te pasa por la cabeza? En su célebre artículo ‘La narrativa’, Virginia Woolf propone que examinemos por un instante una mente corriente en un día corriente. La mente recibe un sinfín de impresiones: triviales, fantásticas, evanescentes o gravadas con afilado acero. La vida es un halo luminoso. ¿No es el cometido del novelista transmitir ese espíritu cambiante, desconocido e ilimitado?
Filip va allí, al Barrio Rojo de Amberes, una vez a la semana. Para ir más rápido, para regresar a casa antes que Ana se de cuenta, va en patinete eléctrico. «Mis polvos son ecológicos, Autista», te dijo, y yo lo veo, me lo imagino, mejor dicho, riéndose como un baboso… a ti también. Las chicas van en baby-dolls o en bikinis, dan pasitos, vueltitas, se recuestan en el taburete, saludan con la mano, sonríen. «Desde que nació el tigrillo, Anita no quiere nada conmigo: ‘las hormonas’, dice, y me manda a volar nueve de cada diez veces. Por eso yo vengo acá, Autista», te explicó el Animal y yo hubiera dado lo que fuera por ver tu cara en ese momento, Diego. Pararon frente a una vitrina, la puerta se abrió hacia afuera. «Mi casera —te presentó Filip—. Es checa y me ama: hace todas las cosas que Anita ya no quiere hacer». Se rieron; le diste unas palmadas en la espalda a tu amigo y le dijiste “campeón”, como si tener sexo con una rubia con tetas de silicona que te cobra por eso fuera una proeza, mereciera un diploma, un reconocimiento.
«Yo tengo el perdón divino, Autista», te dijo Filip cuando salió del cuartucho ese. Y tú, sínico cara dura, le dijiste que sí, que estabas de acuerdo, que seguramente Dios lo absolvería. Una hora después, tu “brother” se acostaba al lado de su mujer, de la madre de su hijo y hasta le daba un beso de buenas noches y a ti eso no te generó ninguna reflexión, ningún conflicto interno, nada que mereciera ni una miserable línea en una de tus libretitas.
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En la entrada del primer pabellón de la Feria del Hogar de Lima, allí donde exhibían los muebles, las alfombras, las cortinas, había un jardincito decorativo. Fue allí, con la rueda Chicago y un puesto de manzanas acarameladas como fondo, donde besé a Marina por primera vez. Dos semanas habían pasado desde que la conocí en el Amadeus; eran entre las seis y las seis y media de la tarde, y había —según los cálculos de las autoridades— treinta mil personas alrededor nuestro. Shakira se presentó por primera vez en Perú en el Gran Estelar de la Feria del Hogar de mil novecientos noventa y seis; vino con su guitarra y los ‘Pies descalzos’. En la puerta de entrada al campo ferial, agarré la mano izquierda de Marina y la guie entre esa masa de cuerpos parlantes, pujantes, afanosos. Con la mano de Marina en la mía, experimenté un subidón, me agrandé diez centímetros y sentí una urgencia de protegerla, de respirarla, de sentirla y anunciarla mía para toda la vida. «Tú me gustas, Marina», le dije y le sobé los cachetes con las yemas de los dedos, la cicatriz de la mejilla con el nudillo del índice derecho. «Tú también, Autista».
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La tarifa estándar en el barrio rojo de Amberes es de cincuenta euros. «Fifty euros, darling», te dijeron así, en inglés, el idioma universal del sexo pagado. «Cincuenta euros, guapo; bucal y poses, no negociable, nada de rebajitas, cariño». Tú le pagaste setenta y cinco por un “servicio”, y una foto en tetas a una chiquilla —una “Scarlette Johanson rumana”— que encontraste allí, Diego, en una de esas callecitas asquerosas por las que se metieron esa noche tú y Filip, mientras yo cuidaba a tu hijo. «Bien, normal; por suerte Marina no tiene ese problema de hormonas», le respondiste a Filip cuando te preguntó cómo te iba conmigo en ese “tema”. Sí, Diego, dijiste “normal”, y yo pensé en el cínico hijo de puta que hay dentro de ti; en que en Lima no hay un Barrio Rojo, pero sí hay baños saunas y unas suites en Barranco con shows en vivo y estacionamiento privado. ¿En qué momento comenzó a joderse algo en tu cabeza, Diego? ¿En qué momento comenzaste a preferir putas a tu propia mujer? En su novela ‘Las partículas elementales’, Michel Houellebecq dice que los cuerpos jóvenes son los que despiertan, en el fondo, el deseo sexual, y la progresiva entrada de las chicas muy jóvenes en el campo de la seducción no fue más que un retorno a lo normal.
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En la posta médica de Paso de Indios solo había una camilla; una vitrina con gasas, frasquitos, tijeras; un bañito sin ducha y un enfermero que se arrancó a las seis de la tarde, después de ponerle la tercera inyección contra el dolor a Marina. Desde que bajamos del bus, o, mejor dicho, desde que bajé a Marina y las maletas del bus y las volví a subir en el siguiente, en la mitad de la noche, pasaron varias horas, le dieron varios ataques, sufrió varios episodios. Paso de Indios está a medio camino entre Península Valdés y Bariloche, en medio de la estepa patagónica… en medio de la nada. No sé cómo será ahora, no he vuelto a pasar por allí, pero hace veinte y tres años en Paso de Indios solo había diez casuchas, una fonda y una posta médica. Una posta médica, no un hospital como me dijo el chofer del micro que habíamos tomado ese día a las ocho de la mañana en el terminal de Puerto Madryn. El micro —en Argentina dicen micro en lugar de bus— hacía la ruta Puerto Madryn – Bariloche. «Bariloche es precioso, está en un lago rodeado de montañas. Es como Suiza, pero no tan lejos y es menos caro», le dijo una amiga a Marina en Lima. «El Perito Moreno será para la próxima, mi amor», me informó Marina, y a mí eso me pareció bien; era nuestro primer aniversario, nuestras Bodas de Papel: todo lo que decía Marina me parecía bien, original, intachable. En ocho horas de bus pasaríamos de hacer el amor en las playas de Península Valdés a acoplarnos en un hotelito con vista al lago de Bariloche, a los bosques, a la nieve de los Andes. También a hacer caminatas, pasear en caballo, en kayak. Pero, como decía Peter, siempre hay algo que se empecina en jodernos la vida: shit happens, tarde o temprano.
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He visto la foto, Diego, la foto en tetas de la “Scarlette Johanson rumana”, la encontré entre las páginas de uno de tus libros. La tenías junto a la mía, a esa que me tomaste hace veinte años en la Península Valdés, a esa que te gustaba tanto, que mirabas con tanta adoración, con tanta devoción. Tú, que eres capaz de meterte en la cabeza de otros para escribir tus historias, de alucinar lo que dicen, lo que piensan, las cosas que hacen, ¿has pensado, por casualidad, cómo me sentí yo en ese momento? ¿Entiendes ahora por qué le di esa foto a él?
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Cuando se acabaron las bolsas plásticas donde Marina vomitaba cada quince minutos, hablé con el chofer del micro: «Tenemos que bajar en la próxima ciudad, necesitamos ver un doctor», le dije. «No, no es un simple mareo, tiene algo más, le duele mucho la espalda», le expliqué. Por eso bajamos en la parada de Paso de Indios. Pero Paso de Indios no era una ciudad, sino un pueblo, una aldea, en realidad. La posta era un cuartucho en medio del desierto, no un hospital y el doctor no era un doctor, sino un simple enfermero; tenía un diploma, sabía poner inyecciones para el dolor, dar aspirinas, pero no muchas cosas más. Si Financiera Andrómeda hubiera tenido una sucursal en Argentina, el enfermero de la posta de Paso de Indios hubiera estado dentro de nuestro segmento objetivo, le hubiéramos enviado nuestro catálogo de productos por correo y una carta con su crédito preaprobado para que se comprara una cocina a gas de cuatro hornillas.
Durante el tiempo que duraban los ataques de dolor, Marina lloraba… chillaba, en realidad. Pero eso era lo de menos, lo realmente complicado era que no se quedaba quieta, sino que se bajaba de la camilla; se arrojaba, mejor dicho, y se revolcaba en la alfombrita, pateaba al aire con las dos piernas. Eso era lo complicado. Eso y no saber qué tenía ni qué carajos hacer. Las inyecciones del enfermero complicaban más las cosas: «Prefiero morir de dolor a que me pongan una inyección más», gritó Marina durante el siguiente episodio que la vomitó de la camilla, que le dio varios volantines sobre el piso de la posta médica de Paso de Indios. A Marina nunca le han gustado las agujas: sufre de tripanofobia aguda. «O sea que tú inmovilizabas el culo de tu mujer para que el enfermero argentino la clavara», dijo Filip cuando regresemos a Lima. «Eres un imbécil, Filip, un animal, por mi madre que sí».
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Fue él quien me regaló el libro El club de las cinco de la mañana, de Robin Sharma. Sí, a él también le gusta leer: devora novelas de ciencia ficción. Un género menor, según tú, pero esa es tu opinión y no es mejor que la mía; o la de él, para el caso. Nos mantuvimos en contacto después de la capacitación en el hotel Marriot. Su color MBTI es el rojo. Igual que el de mi papi. Verbalmente efusivos, los rojos son buenos para promover sus propias ideas, aunque tienden a sacar conclusiones sin tener toda la información. Pueden ser percibidos como jactanciosos y prefieren comunicarse oralmente en lugar de a través de la palabra escrita.
Mi papi no te entendía, no te leía, Diego, eras un misterio para él. «¿Por qué tengo la impresión de que tu marido siempre quiere salir corriendo cada vez que nos vemos, Marina?». Te intimidaba, claro: tú te achicas con la gente que habla fuerte, con la que ocupa mucho espacio, con la que opina todo el tiempo; no la sabes manejar, la evitas. «Tu padre debería leer un libro de vez en cuando», me dijiste varias veces. Ese es el peor insulto que puede salir de tu boca, tu manera solapada de decirle ignorante a alguien, básico, superficial; de ponerlo por debajo tuyo.
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Entre episodio y episodio, Marina dormía, y yo leía, tomaba notas en mi libretita y alucinaba títulos: Atrapados en Paso de Indios, Bodas de Papel en una posta médica o, peor aún, Muerte en la Patagonia. «Es mejor que la llevés a un hospital, pibe. El más cercano está en Esquel, a tres horas en auto», dijo el enfermero. Fui caminado a la única fonda que había en el pueblo, allí donde el micro nos había dejado en la mañana, y pregunté por un taxi, una movilidad que nos llevara a Esquel. «Aquí no hay autos —me dijo la dueña—. Para ir a Esquel tenés que agarrar el micro. El próximo pasa por aquí a las once de la noche, más o menos». ¿A las once de la noche? «Es una emergencia —dije, o quizá grité—. ¿No hay nadie que nos pueda llevar ahora mismo? Voy a pagarle, claro». Ninguno de los dos o tres pica-piedras patagones que ocupaban las mesas levantó la mirada de su plato y, como quien escucha llover, siguieron dándole a sus mates. Faltaban casi seis horas para que pasara el micro. Y además, estaban las tres horas del viaje. Me pregunté si Marina resistiría los dos o hasta tres episodios más que seguramente la atacarían, pero no insistí. En su relato ‘El sur’, Jorge Luis Borges cuenta la historia de Juan Dahlmann, quien viaja de Buenos Aires hacia el sur de la Argentina. En la fonda de un pueblito donde había entrado a comer, un hombre inicia una pelea y Dahlmann encuentra que puede morir.
El micro que hacía la ruta Paso de Indios-Bariloche, servicio nocturno, tenía instalados un foco de luz roja sobre el tablero y un pito también. Marina no los recuerda; yo sí, yo tengo incrustados en mi cerebro la jodida luz roja, el jodido pito que chillaba cuando agarrábamos velocidad y los números rojos del reloj digital que estaba arriba del parabrisas. El micro iba lleno, no había ni un solo asiento libre. Marina dormía echada en el pasillo, su cabeza apoyada en mis piernas. Yo no, yo no dormía, yo descontaba los minutos que faltaban para llegar a Esquel. Pensaba, imploraba. Con una mano sobaba su cabeza, con la otra apretaba las bolsas plásticas que el enfermero me había dado.
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Al principio, a mí me gustaba que te dijeran Autista, que la gente dijera que eras un intelectualón, que subrayaras tus libros, que apuntaras cosas en tus libretitas. Me gustaba ese airecito nostálgico, melancólico que tenías. Pero ese no era el marido que mi papi se había imaginado para su hija. Los azules no mezclan bien con los rojos; eso se sabe. «Tu esposo parece un perro apaleado, Marina», decía. Según Patricia Highsmith, la gente creativa es melancólica porque no tiene el estricto marco de comportamiento al que se ciñen los demás. Son hierba a merced del viento, mecida de aquí para allá, aplastada a veces contra el suelo.
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Los episodios cinco y seis agarraron a Marina en Esquel. En el hospital de Esquel sí había doctores, instrumentos, máquinas de rayos X, un laboratorio… pero allí tampoco encontraron el problema. Siguieron los gritos, los revolcones en el piso, las amenazas de muerte a las enfermeras que venían con las inyecciones enhiestas. Los ataques número siete y ocho, los últimos, fueron en Bariloche. De Bariloche solo conocimos el aeropuerto. El lago, las montañas y la arquitectura suiza los vimos desde la ventanilla del avión que nos llevó a Buenos Aires.
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En la película ’Anatomía de una caída’, Sandra, una escritora que vive con su familia en los Alpes franceses, es acusada de asesinar a su esposo. El juicio es una radiografía de la tumultuosa relación que tenía con su marido y de su ambigua personalidad. Lo que más me impactó de esa película, lo que me quedó dando vueltas por la cabeza, fue que Sandra, escritora como tú, Diego, hubiera escrito una novela donde una mujer asesina a su esposo. Me fue imposible no relacionar eso con Muerte en Paso de Indios, ese cuento que escribiste hace años. Allí también muere alguien, allí también hay un asesinato. Soy yo la que muere en medio de la Patagonia; me mataste tú, Diego. Igual que Sandra a su esposo en la ficción. «Con buenos sentimientos solo se escribe mala literatura, Marina», dijiste, trataste de justificarte, de explicarte y me leíste algo que habías anotado: Javier Cercas dice que la literatura es uno de los lugares donde nuestra parte maldita se puede expresar con plenitud, transformada en belleza y sentido; ahí es posible dar rienda suelta al dolor, a la furia, al odio, a los deseos de venganza.
Tú eres Sandra, Diego… y yo también soy un poco ella; lo reconozco. Pensé eso cuando fuimos al consultorio a recoger los resultados de tu biopsia, antes de este viaje a Italia. Estabas nervioso: no habías dormido bien. Me desespera la manera como aprietas el teléfono cuando estás así, cómo te pones y sacas los lentecitos de la nariz; el olor de tu cuerpo me da náuseas. No me gusta sentir lo que sentí ese día; tampoco pensar lo que pensé… lo que, por unos momentos, deseé. ¿Se quiere se mata, Diego?
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En Buenos Aires no hubo más episodios. Así como habían llegado, los ataques de dolor desaparecieron de un momento a otro. «El dolor desaparece cuando el uréter se relaja o cuando el cálculo pasa al interior de la vejiga», nos explicó el doctor de guardia del Hospital Alemán de Buenos Aires. «Llévala al mejor hospital de la Argentina. No escatimes en gastos, Diego», me gritó mi suegro cuando lo llamé desde el locutorio del aeropuerto de Bariloche. La palabra suegro no tiene armonía, es agresiva; me suena a insulto, a agravio. La palabra patético, en cambio, es bonita, musical, me gusta. Mi suegro me llamaba por teléfono si yo no iba a los almuerzos de los domingos en su casa, me preguntaba si no me gustaba mi familia política, si tenía algún problema con él. Mi suegro no sabía hablar; él solo sabía gritar. «¿Vas a poder darle a mi hija la vida a la que ella está acostumbrada?», gritó durante la pedida de mano, delante de mi familia, de mis amigos. Tenía una sonrisita que intentaba ser sarcástica, pero que en realidad era patética. No sentí pena cuando falleció… alegría, más bien sí.
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Él quería algo, obvio que sí, yo lo sabía. Lo sabía y no lo corté, al contrario: lo incentivé, le di alas. Quería hacerte daño, Diego, vengarme de ti. Una cosa llevó a otra: de la simpatía pasamos a la confianza, de la confianza a las confidencias, a la complicidad, a los mensajitos diarios. Enviarle una foto, la foto de la Patagonia, mejor dicho, fue una consecuencia natural de eso, una declaración de intenciones, una aceptación implícita de lo que yo estaba dispuesta a hacer. ¿Es eso más condenable que pagarle setenta y cinco euros a la chiquilla rumana de Amberes? «Lo mío fue solamente físico, Marina. No hubo sentimientos involucrados», gritaste cuando te enteraste. Tú también puedes ser cursi, Diego, ridículo, melodramático. ¿Irte de putas no califica como traición en tu escala de valores? Gabriel García Márquez: pienso que seguramente la literatura, y sobre todo la novela, tiene una función subversiva. En el sentido que no conozco ninguna buena literatura que sirva para exaltar valores establecidos.
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Nada en la foto de Marina en bikini, esa que tomé unas cuantas horas antes que comenzara el primero de los ocho episodios que sufrió en los tres días siguientes, indicaba que ya hubiera dentro de ese cuerpo una jodida piedrita, un cálculo del tamaño de un grano de arena que nos fregaría el viaje. Un cálculo argentino o Un grano de arena de Península Valdés, uno de esos podría ser el título de la historia. En la foto Marina se ve feliz, pletórica, deseable, apetecible, sonríe, me sonríe… me provoca. En solo tres días, ese jodido granito de arena se llevó siete kilos de su cuerpo, los dejó esparcidos en las estepas de la Patagonia, en una camilla en Paso de Indios y en otra del hospital de Esquel. Maltrecha, pálida, demacrada. No tengo una foto de Marina después de los episodios, pero eso son los adjetivos que se me vienen a la cabeza. La imagen es de una Shakira escuálida, desmejorada, con el culo y las tetas escurridas. Poco quedó del pibón en bikini azul con los pies en el Atlántico.
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Ahora estamos de regreso en la villa toscana. En realidad, no es la villa toscana con la que habíamos soñado desde hace veinte años, sino un agriturismo: varios departamentitos, uno junto al otro, formando una u alrededor de un jardín. Cada departamentito tiene una terracita con poltronas; el jardín es común, la piscina y el paisaje también. Descansamos echados en unas poltronas, bajo una sombrilla. Lees un libro, subrayas párrafos, anotas cosas en los márgenes. Yo creo que ni tú mismo sabes por qué escribes, Diego, por qué lees libros todo el tiempo. Al otro lado de la piscina hay una familia, una pareja con dos hijas adolescentes. Los padres deben tener nuestra edad, miran sus teléfonos, no conversan entre ellos. Tampoco conversan entre ellos, mejor dicho. Te veo dejar el libro, mirar a las dos chiquillas en la piscina. Se empujan, se tocan, dan grititos. Yo también fui una chiquilla cojuda como esas dos. La piel es nueva, disforzada, pide reconocimiento, frotación… busca paz. Sé lo que piensas, Diego: conozco tus frustraciones, las alucinadas que te metes, los pájaros negros que revolotean en tu cabeza. Me saco el pareo, me levanto, me acomodo el bikini, camino hacía las escaleras de la piscina. Es nuevo, no te lo dije, no te pedí que me acompañaras esta vez; lo compré yo sola en Lima, unos días antes de viajar. Unos días después de que todo el asunto saltara por los aires. Es azul con estrellitas, con tiritas doradas. Dejaste de mirar a la piscina, a las chiquillas tontas, al libro. Ahora me miras a mí, a Marina, tu esposa, tu mujer. No dices nada, no es necesario que digas nada: Hemingway desarrolló la técnica del iceberg: lo más importante nunca se dice. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión.
El departamentito del agriturismo tiene dos cuartos. Yo me he instalado en el que tiene la cama matrimonial; tú en el otro, en el que tiene dos camas separadas. Te escucho salir de la ducha, estoy en mi cuarto, aún tengo el bikini puesto, el pelo húmedo, la piel llena de sol, de recuerdos. Busco ropa en el armario, me agacho un poco, abro un cajón. Te siento entrar, escucho el sonido de la toalla al caer al piso, tus pasos cada vez más cerca. No sé qué hacer, no quiero voltear, no quiero mirar. Me empujas suavemente hacia la ventana, te aprietas contra mis nalgas, agarras la tiritas doradas del bikini. No digo nada, no sé qué decir. Por la ventana se ven los cipreses, los viñedos, unos caballos al fondo del valle; se escuchan los gritos de las chiquillas en la piscina, el sonido de las cigarras. «En Perú no hay cigarras», dijiste esta mañana, cuando tomábamos el desayuno. Mueves un poco la parte de abajo del bikini, lo levantas, liberas la entrada… entras por allí. Te siento dentro de mí, tus manos sobre mis pechos, sobre mi piel. Hace mucho… hace tanto. «Tú estás mal de la cabeza, Diego; te juro que sí», digo… murmuro, mejor dicho.
FIN



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