Martha la polaca
Por: Javier Augusto Shaw y Luis Augusto Quimper

¡Primo! ¡Estás de visita en Varsovia! ¡Qué genial! Cuando yo viví en París conocí a una polaca que me tenía fascinado. Estudiábamos francés en la Alianza Francesa que está en el Boulevard Raspail, en la Rive Gauche. Se llamaba Martha. Estudiaba derecho en Florencia y estaba en París para pasear y mejorar su francés. Yo llevaba casi un año viviendo y trabajando en Paris, soltero, con ganas de conocer a alguna francesa que me sacara del pozo en el que había caído luego de mi separación, y con mis dos hijos de cinco y ocho años en Lima. Cuando Martha entraba en la clase yo no podía dejar de mirarla: era como una pintura que se había escapado del Louvre. En la clase también estudiaban una eslovena, una hondureña y Abby, una norteamericana, nacida en Boston, todas muy distintas y a su vez muy lindas. Pero ninguna como Martha. Martha parecía sacada de un ballet clásico: piernas largas, caderas cortas, muy cortas, no caminaba, flotaba. Era delgada, alta, de ojos azules vidriosos, cabello corto negro, rostro perfecto, piel de porcelana. Tenía una elegancia que contrastaba con la sencillez de las francesas. Iba siempre perfectamente maquillada, y con un sombrero de esos que usaban las actrices de las películas de los años cuarenta. En clase nos mirábamos; no nos hablábamos, pero nos mirábamos, cruzábamos sonrisas. Por alguna razón que no he logrado aclarar, las mujeres muy lindas me intimidan. Martha era una de ellas.
Para la exposición final del curso me dije que tenía que hacer algo para llamar su atención. Así que escogí hablar sobre Frédéric Chopin, el gran compositor polaco. Cual sería mi sorpresa cuando, a su turno, ella habló de Ernest Malinowski, un famoso ingeniero polaco que, entre 1871 y 1876, construyó el ferrocarril Central del Perú, una obra monumental que representó un desafío de ingeniería debido a las difíciles condiciones geográficas de nuestro país. Era una señal, pensé yo, estaba seguro de que me quería decir algo. En mi exposición hablé sobre la vida de Chopin y sobre su Polonia natal. Martha expuso sobre Malinowski y su vida en Perú. No era pura casualidad. Yo quería sorprenderla y probablemente ella a mí también. Yo era el único peruano en la clase, ¿por qué hablar, entonces, de un ingeniero polaco en Perú? Ambos expusimos nuestros trabajos mirándonos el uno al otro. Para mí fue como si no hubiera nadie más en el salón de clase. Las exposiciones terminaron, y con eso concluía también el curso, hasta un nuevo ciclo que empezaría el lunes siguiente. Cuando nos levantamos de nuestras carpetas, cogimos nuestros libros y cuadernos. Nos miramos, sonreímos, nos acercamos el uno al otro y casi sin hablar salimos de clase, dejamos atrás el edificio de la Alianza Francesa y caminamos juntos hacia la estación de metro, hablando de Chopin, de Malinowski y de París. En el camino, solo una idea me pasaba por la mente: pedirle su número de teléfono, tenía que invitarla a salir, verla nuevamente, salir del pozo en que aún estaba. Es hermosa, me decía. ¡Gracias Chopin! ¡Gracias Malinowski! Llegamos a la estación, pero una fuerza interna me detenía, me frenaba y no pude pedirle nada, no me atreví. Nos miramos, sonreímos, nos despedimos y tomamos líneas y caminos distintos. Maldiciendo mi timidez me dije: el lunes, sí, el lunes, en el próximo curso de francés, me acercaré y la invitaré a salir. De todas maneras. El lunes siguiente llegué a la clase más temprano que nunca, ya tenía pensando lo qué le iba a decir a Martha, lo qué le iba a proponer, a dónde la iba a llevar. Pero Martha no apareció. Ni ese lunes, ni ningún otro lunes. Pensé que lo haría en alguna de las clases siguientes, pero no, nunca más volvió. Nunca más volví a ver a Martha. Seguro viajó a Florencia o quizás a Varsovia. En el siguiente curso sólo encontré a Abby, la chica de Boston. Poco tiempo después, viajé a Varsovia, el aeropuerto lleva el nombre de Chopin. Fui a Zelazola Wola y visité la casa donde el gran compositor vivió antes de viajar a Paris. También la Catedral donde se encuentra su corazón, que los polacos conservan como un gran tesoro. Chopin nunca más regresaría a su Varsovia natal y moriría en París a los treinta y nueve años. Mientras paseaba por la capital polaca, no podía evitar pensar en Martha, en encontrarla en alguna calle, en algún café, en alguna esquina. Regresé a París y compré la colección entera de las obras de Chopin, las escuché, una y otra vez, sentado en mi balcón, mientras contemplaba la Tour Eiffel, los techos parisinos; encendía mi parrilla y abría una botella de vino.
Mi padre, como tú sabes, es un gran amante de la música clásica, sobre todo de Chopin. Conoce perfectamente cada pieza de su obra y cada detalle de su vida. Cuando vino a París a visitarme, lo llevé al cementerio de Père-Lachaise, donde está la tumba de Chopin. También recorrimos los lugares donde vivió, incluida su casa en Nohand, en el Valle de La Loire, en el centro de Francia, a unos trescientos kilómetros de Paris. Allí pasó un tiempo con George Sand, la famosa escritora francesa del siglo XIX. Mi padre estuvo fascinado con aquel viaje, uno de los más felices de su vida. Siempre me lo recuerda. En la casa de Nohand había un piano. Mi padre lo miraba, quería tocar, yo estaba seguro que no se le pasaba otra idea por la cabeza que sentarse y tocar alguna pieza de Chopin; pero no pudo, no se atrevió. Perdió la oportunidad de tocar piano en la mismísima casa de Chopin. Como yo perdí la oportunidad de seguir viendo a Martha. Durante el camino de regreso a Paris, escuchando a Chopin en el carro, pensaba en Martha, en la oportunidad perdida cuando la vi por última vez caminado por la línea contraria del metro.
Primo: si encuentras a Martha durante tu estadía en Varsovia, la saludas de mi parte, por favor. 😉
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¡Primo! ¿Qué tal? Después de mucho caminar y preguntar por todas partes, finalmente encontré a Martha en Varsovia. Trabaja como guía de walkingtours en la ciudad vieja de la capital polaca. Eso de “ciudad vieja” es bien relativo: como tú bien sabes, los alemanes le sacaron la mugre a la ciudad: más del ochenta por ciento de las construcciones quedaron reducidas a la nada. Después de la guerra, los polacos la reconstruyeron mirando fotos, planos, y hasta pinturas de antes del bombardeo. Así que de “vieja” solo el nombre. En la otra parte, en la ciudad nueva, todavía encuentras esos horribles edificiotes que tanto le gustaban a Stalin. Allí las avenidas son anchas y rectas; muy funcionales, sí, pero con cero carisma. Así que, para serte honesto, la visita me dejó una sensación medio ambigua y un saborcito de insatisfacción.
El tour que guía Martha hace parada obligada en la Iglesia de la Santa Cruz, allí donde, se supone, se conserva el corazoncito de Chopin en un frasquito de coñac. Esa iglesia también fue hecha leña por los alemanes, pero, según Martha, un nazi, admirador del músico, salvó el frasquito antes del bombardeo y lo entregó al pueblo polaco después de la guerra. Entre nosotros, primo: eso del corazón de Chopin me suena harto a patraña polaca. No se lo dije a Martita, claro que no, se hubiera ofendido. Tampoco le hablé de tu creciente admiración por las nínfulas, especialmente si son de origen ruso. Ella odia a rusos y alemanes por igual. «Tu primo Javier es un quedado», me dijo mientras tomábamos una limonada con hielo. Hacía un calor del carajo y, después del tour, la invité a tomar algo en la terraza del café Bristol, donde se dice que alguna vez estuvo alojado Pablo Picasso. Se acordaba bastante bien de ti, de tus ternos cruzados, de tu corta estatura y de tu pelo negro y abundante. Pero percibí un cierto resentimiento en sus palabras, un tonito recriminatorio, quizá. No pude evitar preguntarme si me estaba exigiendo algún tipo de compensación por el hecho de que tú y yo lleváramos la misma sangre, o por eso de haber nacido en el mismo país. Marthita, como la mayoría de los polacos, es recontra nacionalista. Así que me inventé un pretexto y partí un poco antes de la hora del aperitivo; temí que me exigiera le pagara los vodkas con naranja que, según me dijo, le quedaste debiendo en Paris. Te envío su número de WhatsApp: me pidió repetidamente que te lo trasmitiera. Intenté tomarle una foto, pero se negó rotundamente y no sin cierta agresividad cuando insistí un poco. Marthita conserva aún esa piel de porcelana que describiste tan bien, pero el duro clima continental del este de Europa, la comida local, de ingredientes robustos y platos sustanciosos, y los tres polaquitos con los que ha contribuido a la causa de su pueblo, han hecho estragos en ella: Ya no flota como antes, sino todo lo contrario. Un abrazo, primo.



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