Por: Luis AUGUSTO QUIMPER.
Las ilustraciones son de Antonieta Oliveros Fossa
Texto:
Valerie, 41: «Desliza a la izquierda si lo que buscas es una ONS; no soy chica de una sola noche».
A todas, sin excepción, les gusta viajar, comer bien, ir de shopping, tener “conversaciones inteligentes” (No es Tinder donde van a encontrar las ideas que nos salvarán, chicas, pero allá ustedes). Ponen emoticones de aviones, de copas de vino, de parejas bailando, de una ciclista en licra, mencionan los “lindos” hijos que tienen en custodia compartida. He pasado mi mañana de domingo mirando la pantalla del teléfono, deslizando fotos a la izquierda, también a la derecha. Amaneció soleado; ahora parece que, otra vez, va a llover; como si ya no tuviéramos bastante con este encierro. Mejor poner a Mozart, la Júpiter, o el concierto de violín de Tchaikovsky: energía visceral para dominar el virus de la soledad, ese que te hace hablar solo; pensar, a las tres de la mañana, si moverán a la siguiente fase de confinamiento, a más restricciones. Es como un piano balanceándose sobre mi cabeza. Rachmaninoff será para después, cuando la maldición china haya pasado; no es el momento de ponerse (más) melancólico.
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Me niego a repetir el nombre del jodido virus. Prometo nunca más tomar la cerveza mexicana para no tener que pasar por eso. Dejé de ver las noticias porque no quiero escucharlo ni una sola vez más en toda mi vida, que espero aún será larga, pero, así como están las cosas, nunca se sabe. También para no ver a toda esa gente cargando planchas de papel higiénico en la carretilla del supermercado, pasta de tomate, frascos de jabón líquido como para sumergirse de cuerpo entero en la tina. Podría tirar el televisor por la ventana, no lo necesitaré en las próximas semanas… o meses; quién sabe. Han suspendido los partidos de la Champions, las carreras de moto GP, los partidos de La Liga. Por mí pueden cancelar las olimpiadas de Japón —esa ceremonia de la antorcha olímpica es el summum de la ridiculez humana—, pero, por favor, no la Eurocopa ni Roland Garros. Con eso no se metan. «Abónate a Netflix —me aconseja mi madre por teléfono, desde Piura, a seis zonas horarias de distancia—, no es caro, mi cholito». No, viejita mía, querida, a mí las pelis me gusta verlas sentado en una butaca de terciopelo, con la francesita en mi mano derecha y el pasillo a mi izquierda, con seres parlantes a mi alrededor (no muchos tampoco, y sin canchita en las bocazas, por favor), no repantigado en mi sofá con el cactus que compré en Ikea como única compañía viviente, aunque no me responda cuando le hablo. Sofá que en los últimos días ha comenzado a ahuecarse en un lado; voy a tener que cambiarlo cuando acabe esta enajenación colectiva. Los partidos de hockey de los sábados de mis dos chiquillos también suspendidos “hasta nuevo aviso”; los entrenamientos anulados, postergados, prohibidos hasta después de Semana Santa… o más. ¿Quién sabe? ¿Cómo voy a llenar el vacío que siento en el estómago? Es para protegernos, dicen. ¿Protegernos? Nos tienen en el piso y nos siguen golpeando. Solo falta que nos den una patada en el estómago prohibiéndonos también los paseos en el parque (una vez al día y en solitario, sí, pero paseos al fin y al cabo). Reducirán los contagios, señores dirigentes, pero aumentarán los cuerpos arrojándose por las ventanas; allá ustedes con sus medidas.
Geraldine, 45: «Feliz madre, a tiempo compartido, de dos preadolescentes; llevo una vida muy ocupada; busco hombre fuerte que sepa lo quiere en la vida». Lo siento mucho, querida Geraldine, pero no cumplo con ese último requisito; te lo digo de frente y te deseo suerte en tu búsqueda.
Lo más patético son las fotos que ponen saltando con los brazos abiertos. ¿Nadie les habrá dicho a esas mujeres, señoras maduras ya, madres la mayoría, que se ven ridículas con los pies en el aire? También esas donde salen dando besos, piquitos, a la cámara. A nuestra edad el close up debería estar prohibido en la “aplicación de citas”. La “aplicación de citas”, así le llaman; es una ayuda para combatir la soledad, dicen. No es verdad: en estos tiempos de sancochado de pangolín, Tinder no es ni siquiera un paliativo para el mal que me ha infectado. ¿Qué hago si una de las amantes del baile —todas, sin excepción, “adoran” bailar— me hace un match? Hola, amiga, ¿qué tal un café, una copa de vino, unos coctelitos… dentro de siete u ocho semanas? No hay un solo lugar abierto en tres mil kilómetros a la redonda. Olvídate, campeón, de tu café latte en la place Jourdan, con los cuentos de la maestra Lucía Berlín en la mano; de comer asiático en el centro; de un Rioja con pata negra en el mercado de Chatelain, un miércoles de primavera; de unas cervezas belgas en la plaza de Luxemburgo, en el quartier europeo de la llamada capital de Europa. Bruselas está en cama, con tos seca y dolor de garganta, fiebre, no muy alta, pero subiendo. Un poco como en los días de los atentados terroristas en el metro y el aeropuerto, hace ya cuatro años, pero esa noica duró un par de días, tres o cuatro para los exagerados. Ahora no se sabe… pero tenemos para largo, dicen. Ni teatros ni exposiciones ni performances donde ir en caso que la potencial pareja se haya auto definido como “comprometida” con el arte con un emoticón de una paleta de acuarelas y un pincel. Solo queda, por ahora, el parque. ¿Qué tal si llevamos un poco de pan viejo y lo tiramos a los patos que hay en los lagos de Ixelles, guapa? Como si fuéramos una pareja de jubilados, de esos que también hablan solos, pero todo el tiempo. Eso si no llueve, claro. Así nos iremos conociendo, pero manteniendo la distancia de seguridad de metro y medio establecida por la OMS, cariño. Somos ciudadanos responsables: nos sonamos los mocos con pañuelos de papel y los tiramos a un basurero con tapa para que la bestia no escape.
Laura, 41: «El secreto de una relación fuerte es como el buen vino, toma tiempo». Lo siento, Laurita, pero voy a discrepar contigo: a mí, mientras más tiempo pasaba junto a mi ex el asunto me sabía más a vinagre que a otra cosa.
Hay tantos que podría pasarme toda la cuarentena mirando perfiles en Tinder, tantos cuerpos necesitados de una historia de amor; eso de anhelar una vida diferente está muy extendido, es casi global, como la pandemia. En todo caso, yo no necesito un nuevo match, tengo a la francesita —aunque ahora mismo esté a dieciocho minutos de distancia, según Google maps; casi una hora y media si voy andando rápido—, pero la tienda de periódicos de la plaza ya no abre los domingos, “hasta nuevo aviso” también: tengo que llenar las horas con algo. Leer el dominical de El País en el iPad es como hacer el amor con preservativo: mejor abstenerse.
Anoche la vi, a la francesita, digo, pero no en mi depa, sino en el suyo. No era ese el plan original, pero todos los planes originales se han ido al carajo en los últimos días. ¿Por qué será? «La nounou canceló a última hora, no puede venir a cuidar al niño, no puedo dejarlo solo; désolée, mon chéri». ¿Tenía la nounou tos seca, dificultad para respirar, fiebre? No, solo miedo de tomar el tranvía: «El veneno está en el aire, madame». Mi vida íntima (perdón por el eufemismo) también se está viendo jodida por este jodido asunto. «De todas maneras me gustaría verte, mon amour». Bueno, ante un pedido así, más aún si es en francés, cualquier hombre en buen estado de salud física y mental se metería hasta en el mismísimo mercado central de Wuhan; allí donde los chinos venden los pangolines para el sancochado: los ofrecen colgados de la cabeza, justo al costado de los patos desplumados para el chifa… y las moscas. «Puedes venir de 18:00 a 20:00, para el aperitivito; después le he prometido a Víctor —así se llama el inoportuno— que vamos a ver Angry birds juntos». «Claro, claro, entiendo perfectamente, bonita». No se puede competir contra el amor maternal, Luciano, qué estás pensando, compadrito. Además, eso era mucho mejor que quedarme en mis 85 metros cuadrados metiéndole letra al cactus de Ikea. Le mandé un mensaje a Carlos. «Eso es irresponsabilidad, Luciano, no vayas», me dijo. Qué fácil es predicar, brother, cuando tienes a quien abrazar antes de apagar tu lamparita de noche, y dos gatas que mean en las inmaculadas mayólicas de tu cocina. «Dos tetas jalan más que dos carretas, Carlitos, especialmente si son francesas», le expliqué. «Los desplazamientos son solo por motivos esenciales, Luciano». «Este es un motivo esencial, sine qua non para mi estabilidad mental, créeme, amigo».
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